Shemá, recordando al Padre Ángel (II)

Te sentirás acorralado

te sentirás sólo y perdido

tal vez caigas en la tentación

de desear no haber nacido.

Pero recuerda…

recuerda siempre que Cristo está contigo.

Nunca te entregues al pesimismo.

Nunca te pares en el camino.

Nunca digas “¡Dios no está conmigo!”

Nunca olvides o dudes ¡Cristo está contigo!

Que la vida es bella

¿Quién lo discute?

Que la vida la creó Dios para disfrute

¿Quién lo niega?

Que Cristo está en los caminos de la vida

¿Quién no lo experimenta?

Pero recuerda con alegría:

La vida es de Dios y no nuestra.

Y si unos hombres le quitan a otros la vida, no sólo son asesinos, también son adversarios del que Creó la Vida, y la Vida Eterna. Así que siempre recuerda que Cristo está contigo.

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Shemá, recordando al Padre Ángel (1)

El Sacerdote Don Julián Escobar era sacerdote de la Parroquia de San Fernando en Madrid y es un Amigo y devoto del Siervo de Dios, al que dedicó alguno de sus extraordinarios trabajos. Este es uno de ellos.

Padre,

Haz de mí lo que quieras, sea lo que sea

Te doy gracias. Estoy dispuesto a todo, con tal de que tu voluntad se cumpla en mi y en todas tus criaturas.

No deseo nada más, Padre, te confío mi alma. Te la doy con todo el amor de que soy capaz.

Porque te amo y necesito darme, ponerme en tus manos sin medida y con una infinita confianza.

Porque tú eres mi Padre.

Haz de mí lo que quieras.

Sea lo que sea,

te doy gracias.

Estoy dispuesto a todo,

con tal de que tu voluntad

se cumpla en mí

y en todas tus criaturas.

No deseo nada más, Padre.

Te confío mi alma,

Te la doy

Con todo el amor de que soy capaz,

porque te amo

y necesito darme,

ponerme en tus manos

sin medida,

con una infinita confianza,

porque Tú eres mi Padre

El mártir, testigo de la Fe

Por Francisco del Campo Real

EL MARTIR, TESTIGO DE LA FE 

     En muchos ambientes de nuestro tiempo, molesta tanto la memoria de los mártires como el recuerdo de los pobres. Como si el lema de esta hora fuera: ni mártires ni santos, simplemente hombres y mujeres. Uno de los más vivos deseos del Santo Padre Juan Pablo II con miras al Gran Jubileo del año 2000, expresado en su Carta Apostólica Tertio Millennio Adveniente se dirigió a consolidar la memoria de quienes dieron su vida a causa de la fe a lo largo del siglo XX, hecho que no sólo debía constatar que la Iglesia ha vuelto a ser Iglesia de mártires, sino que estaba llamado a tener gran resonancia ecuménica. Lo expresaba de este modo:

     «En nuestro siglo han vuelto los mártires, con frecuencia desconocidos, casi militi ignoti (soldados desconocidos) de la gran causa de Dios. En la medida de lo posible no deben perderse en la Iglesia sus testimonios. Es preciso que las Iglesias locales hagan todo lo posible por no perder el recuerdo de quienes han sufrido el martirio, recogiendo para ello la documentación necesaria. Esto ha de tener un sentido y una elocuencia ecuménica. El ecumenismo de los santos, de los mártires, es tal vez, el más convincente. La communio sanctorum habla con una voz más fuerte que los elementos de división» (n. 37). El Papa proclamaba con más fuerza lo declarado por él ya en otras ocasiones, como en la Encíclica «Veritatis Splendor» n. 90-94), donde subraya que los mártires marcan el paso de la vida de la Iglesia.

     Mártir no significa originariamente persona o realidad destrozada. Mártir  es testigo fiel, fiable, seguro. El vocabulario cristiano ha ido precisando su  significado en los dos primeros siglos de nuestra era. Siguiendo a Jesucristo,  que los amó primero, se calcula que alrededor de un ‘millón de cristianos murieron por la fe durante los tres primeros siglos del cristianismo. Y en esta muerte, ellos entendían que se iniciaba su vida plena con Dios.

Casi dos mil años más tarde, hoy, la catequesis eclesial afirma: El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza (Catecismo de la Iglesia Católica).

     El mártir asume morir por el Señor, morir en el Señor. Entra por “la puerta estrecha” : acepta que Dios reine en él y que le haga vivir misteriosamente en el paso de la muerte sufrida por el odio a la fe. El martirio aparece a los ojos de la fe como una obra maravillosa de Dios: por la fe, Jesucristo vive realmente en el cristiano y su mismo Espíritu le sostiene, le hace pasar del miedo humano a la confianza segura y al deseo amoroso de ver a Dios. 

BEATIFICACIÓN

Por Francisco del Campo Real

La declaración de santidad es tan antigua como la misma Iglesia.

La Iglesia es santa porque todos sus miembros están llamados a la santidad y no puede dejar de reconocer la santidad de, al menos, algunos de sus miembros.

     En los primeros siglos, esta declaración de santidad se hacía de una manera sencilla respecto a los confesores y a las vírgenes. Brotaba del sentido de la fe del pueblo, de la “vox populi”, que luego era aceptada por los jerarcas de la Iglesia. Los primeros papas y los cristianos que murieron víctimas de las persecuciones que los emperadores romanos desencadenaron contra ellos, hasta principios del siglo IV, fueron reconocidos así como mártires. 

     El Concilio Vaticano II explica esta actuación de la Iglesia: “Siempre creyó la Iglesia que los apóstoles y mártires de Cristo, por haber dado el supremo testimonio de fe y de caridad con el derramamiento de su sangre, están más íntimamente unidos  en Cristo; les profesó especial veneración junto con la Bienaventurada Virgen y los santos ángeles e imploró piadosamente el auxilio de su intercesión. A éstos pronto fueron agregados también quienes habían imitado más de cerca la virginidad y la pobreza de Cristo y, finalmente, todos los demás cuyo preclaro ejercicio de virtudes cristianas y cuyos carismas divinos los hacían recomendables a la piadosa devoción e imitación de los fieles” (Lumen Gentium, n.50). 

     Con el paso del tiempo ha evolucionado el proceso para la declaración de santidad. A partir del siglo X se pedía con frecuencia la aprobación del Papa, y desde el siglo XIII se reservó exclusivamente a él. Los papas Urbano VIII y, sobre todo, Benedicto XIV, en el siglo XVIII, establecieron las normas que han de seguirse en las dos fases de que consta la declaración de santidad: la beatificación y la canonización, ambas reservadas al Romano Pontífice. 

     Las normas actualmente vigentes para las causas de canonización de los siervos de Dios están contenidas en una ley pontificia peculiar (can. 1403), promulgada por el papa Juan Pablo II el mismo día de la promulgación del nuevo Código de Derecho Canónico (25-1-1983). 

      No es éste el lugar para describir en profundidad el proceso que se sigue en esas causas. Pero me parece oportuno dedicar al menos unas líneas a la explicación de dos nociones que a menudo intervienen en la vida cristiana, especialmente en lo que se refiere a la piedad hacia nuestros hermanos que nos han precedido: la beatificación, la canonización y las consecuencias que éstas entrañan para la vida de cada uno de nosotros. 

      La beatificación es una primera respuesta oficial y autorizada del Santo Padre a las personas que piden poder  venerar públicamente a un cristiano que consideran ejemplar, con la cual se les concede permiso para hacerlo. La fórmula del ritual para la beatificación,  en respuesta a la petición hecha por el Obispo de la diócesis que ha promovido el proceso, dice así: “Nos (plural mayestático: Yo, el Papa), acogiendo el deseo de nuestro hermano (el nombre del obispo que ha hablado), el de muchos otros hermanos en el episcopado, y de muchos fieles, después de haber consultado la Congregación para las Causas de los Santos, con nuestra Autoridad Apostólica concedemos la facultad de llamar “Beato” al siervo/a de Dios (el nombre), y que su fiesta pueda ser celebrada el día (día de la muerte), cada año, en los lugares y forma establecidos por el derecho”.

      La beatificación, pues, no impone nada a nadie en la Iglesia.  Pide, eso sí, el respeto que merece una decisión del Papa, y el que merece la piedad de los hermanos cristianos. Por esto la memoria de los beatos no se celebra universalmente en la Iglesia, sino solamente en los lugares donde hay motivo para hacerlo y se pide. Incluso en estos casos, excepto cuando se trata del fundador de una Congregación, o de un patrono, o de la  iglesia donde está enterrado, la memoria es siempre libre y no obligatoria, para respetar el carácter propio de la beatificación.

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Nuestros Mártires

TESTIMONIO COLECTIVO DE FIDELIDAD A IMITAR

Por Francisco del Campo Real 

     Los mártires forman parte del paisaje cristiano desde sus inicios. Ellos constituyen lo más preciado y fundante de la historia primitiva y de los siglos siguientes hasta nuestros días. Constituyen el ejemplo más representativo de la fidelidad y del testimonio de los creyentes. Nuestros altares se levantan sobre sus reliquias y nuestra apología los presenta con orgullo en sus primera páginas.

      Es verdad que, a menudo, el martirio puede parecer ambiguo por alguna de sus partes. Resulta claro que los mártires mueren por confesar a Cristo o por no renegar de él, pero no siempre  nos  son tan evidentes las motivaciones de los verdugos. El odio a Dios, presente en la definición del martirio, admite variantes, aunque no siempre son contrapuestas,  ya que la incomprensión del elemento religioso está casi siempre presente.

      Naturalmente, la glorificación posterior del mártir suscita el rechazo de quienes se sitúan al otro lado de la orilla. Ya la muerte de Cristo suscitó la llamada cuestión judía y otro tanto ha sucedido con los muchos mártires que en la historia han sido. Allí donde hay mártires ha habido verdugos y la celebración parece redundar en su desdoro. ¿Ha dejado alguna vez la comunidad creyente de venerar a sus testigos más cualificados por temor a desagradar o dificultar la reconciliación?, ¿No se trata más bien de un problema falso?

      Cuando se habla de persecución religiosa nos referimos a la que sufrió la Iglesia Católica en toda España, y en concreto en la diócesis de Ciudad Real, desde el 18 de julio de 1936 hasta el 31 de marzo de 1939, en el contexto de la guerra civil, en el territorio republicano, llamado también zona roja. Se prescinde, por consiguiente, de las acciones represivas de tipo político y social de ambas zonas, porque estas no tuvieron carácter antirreligioso, aunque pusieron en evidencia la violencia de la lucha fratricida.

     Al hablar de víctimas no se alude a los caídos en operaciones militares ni a los asesinados por motivos políticos, sino a los que entregaron sus vidas por amor a Dios y sólo por este motivo.

      Por ello, se hablaba ya entonces de martirio y de mártires. Pero este apelativo sólo puede darse, de momento, a los que han recibido el reconocimiento oficial de la Iglesia. A todos los demás se les aplica de modo impropio. No todos los que entregaron sus vidas durante la persecución religiosa pueden llamarse mártires, ni todos los que han muerto por la fe han recibido el reconocimiento oficial del culto litúrgico, reservado solamente a los que han obtenido la sanción solemne de la Iglesia, tras un complejo proceso en el que se demuestra la existencia de los elementos teológicos esenciales del martirio: que la víctima sea cristiano, que muera “in odium fidei” (odio a la fe), que acepte las torturas y la muerte por amor a Dios y fidelidad a Cristo, virtudes que se manifiestan además en el perdón explícito a los asesinos y en la oración por ellos, a imitación de Cristo en la cruz. Para verificar estos datos, la Iglesia instruye un complejo proceso con severas normas que permiten recoger testimonios orales y escritos, todos ellos auténticos, hasta apurar la verdad de los hechos.

     Todos los caídos de la guerra y los que sufrieron la represión en ambos bandos por la defensa de unos ideales políticos y sociales merecen el máximo respeto y son recordados como héroes y modelos a imitar por quienes siguen semejantes ideologías, pero no deben ser equiparados a quienes dieron sus vidas por motivos exclusivamente religiosos, es decir, sólo por amor a Dios.

      No cabe duda de que quienes murieron en los años de la Guerra Civil por su condición religiosa fueron mártires en el sentido más tradicional del término. Murieron exclusivamente por ser sacerdotes o religiosos o laicos comprometidos. No murieron por sus culpas personales sino por lo que representaban. Si fuera necesario algunos ejemplos de nuestra diócesis de Ciudad Real, bastaría recordar los mártires beatificados por S.S. Juan Pablo II: Pasionistas de Daimiel,  Hermanos Hospitalarios de San Juan  de Dios de Moral de Calatrava, Marianistas de Ciudad Real; el sacerdote Operario, José Pascual Carda Saporta, (que fue Rector del Seminario de Ciudad  Real) y mártires beatificados en el Pontificado de Benedicto XVI  en la ceremonia celebrada en Roma el 28 de octubre de 2007 a la cabeza del Obispo de la Diócesis, Mon. D. Narciso Estenaga y Echevarría, los sacerdotes don Julio Melgar Salgado (secretario del Sr. Obispo), don Félix González Bustos, don Justo Arévalo Mora y don Pedro Buitrago Morales sacerdotes en Santa Cruz de Mudela; los Hermanos de las Escuelas Cristianas: Agapito León, Josafat Roque, Julio Alonso, Dámaso Luis y Ladislao Luis; y el seglar Álvaro Santos Cejudo, ferroviario, natural de Daimiel (Ciudad Real) etc. Muertos, unos en la flor de su juventud y otros en la plenitud de su vida, simplemente por su condición religiosa.

      Otra cosa mucho más compleja es intentar conocer las razones profundas de quienes los mataron. Muchas razones ideológicas, sociales, de miseria cultural, de odios ancestrales difícilmente clasificables han movido a lo largo de los siglos la mano de los hacedores de mártires. Otro tanto sucedió durante las persecuciones romanas. En realidad, al juzgar y venerar al mártir no se les juzga a ellos.

      En cuanto al caso español es calificado, por historiadores como Juan María Laboa, el más cruel de la historia del Cristianismo. La persecución que sufrió la Iglesia en el período de 1936-39 fue la más sangrienta de toda su historia. La Iglesia había soportado violencias en 1835, 1869 y 1909. En gran parte del territorio republicano bastaba, sobre todo en los primeros meses, que alguien fuera identificado como sacerdote o religioso para que se le ejecutara sin proceso alguno.

      Según Antonio Montero, autor de la  investigación más fiable –Historia de la persecución religiosa en España (1936 – 1939),- los ejecutados, citados por sus nombres, fueron 13 obispos, 4.184 sacerdotes, 2.365 religiosos y 283 religiosas. Esta colosal matanza se produjo entre julio de 1936 y mayo de 1937, si bien una gran parte de estos asesinatos tuvo lugar durante los meses de agosto y septiembre de 1936.

     Por lo que respecta a Ciudad Real, estallada la guerra civil  el culto fue  prohibido definitivamente el 25 de julio, día en  que se celebraron las últimas misas en la diócesis y así permanecería durante 32 meses. Los  sacerdotes que regían  las parroquias fueron «invitados» a abandonarlas y aquéllos que no murieron, permanecieron escondidos  ante el gravísimo riesgo que corrían. Pero de una u otra forma todos fueron perseguidos: todos tuvieron que recluirse; muchos fueron encarcelados y recibieron   malos tratos de palabra y  de obra; algunos fueron juzgados por tribunales populares y recibieron  diversas condenas (trabajos forzados o desempeñar los más serviles). Y pronto comenzaron los asesinatos.

      El 21 de julio fue asesinado en la carretera de Alcázar a Campo de Criptana el cura de Santa Quiteria de Alcázar de San Juan, Antonio Martínez Jiménez; el 30 de noviembre lo sería en la provincia el último sacerdote diocesano, el párroco de La Solana, Aníbal Carranza Ruiz.

      Entre este breve periodo de tiempo  serían asesinados los  94 sacerdotes con el obispo al frente, Mons. Narciso de Estenaga. Éste fue hecho prisionero en su propio palacio, siendo vejado y amenazado de muerte los días 8- 9 de agosto; por último lo arrojaron de su casa acogiéndose en el domicilio del banquero D. Saturnino Sánchez Izquierdo, hasta que el 22 de agosto unos milicianos se lo llevaron junto a su capellán, don Julio y los fusilaron a ambos.

     Los asesinatos fueron especialmente intensos el mes de agosto (con 47 víctimas), aunque el terror se extendió hasta diciembre. Por lugares se sitúa a la cabeza Ciudad Real donde, en sus diferentes centros penitenciarios o en los alrededores fueron asesinados 19 sacerdotes procedente de diferentes puntos de la diócesis, además del obispo; le siguen 11 en Valdepeñas; 9 en Herencia; 9 también en Daimiel; 7 en Criptana;  6 en Manzanares, 6 en Membrilla. Pero no fue sólo en estos pueblos donde se produjeron asesinatos. En mayor o menor número se producirían en 21 pueblos más. Aunque también los hubo, generalmente se procuraba no asesinar al sacerdote propio donde había realizado su actividad, sino que se trasladaba a algún otro lugar más o menos lejano.

      El anonimato de las frías nos hablan de un total de 94 sacerdotes, incardinados o con actividad pastoral en la diócesis asesinados: además del obispo, 31 párrocos; 33 coadjutores, 12 adscritos, 12 capellanes, 4 canónigos, 4 beneficiados; 2 auxiliares de curia y 7 seminaristas. De los 7 seminaristas, dos serían martirizados en Santander. Los otros cinco seminaristas que también sitúa D. José Jiménez Manzanares en el martirologio de la diócesis murieron en el frente de batalla, de ahí que, propiamente, no formaron parte del martirologio.

      Si entonces había incardinados 234 sacerdotes, el número de víctimas ascendía a casi el 40 por ciento del clero. La misma intensidad persecutoria sufrió el clero regular en la diócesis del que murieron 112 religiosos. Y aunque sólo hubo una víctima entre ellas, sor Vicente (Francisca) Ibars Torres (Franciscana de la Purísima Concepción), tampoco se libraron de la persecución las comunidades religiosas femeninas. Con un número relativamente amplio, 607 religiosas de los diferentes institutos y congregaciones, no podían pasar desapercibidas en los pueblos donde desarrollaban su labor, casi todas de enseñanza, sanidad o beneficencia y fueron expulsadas.

     Junto a sus sacerdotes murieron también muchos seglares. Unos por ser familiares; otros por haberlos ayudado escondiéndolos en sus casas; muchos católicos por haberse significado en su condición de militantes de Acción Católica, Adoración Nocturna en los pueblos donde residían, por citar algunos pueblos: La Solana, Alcázar de San Juan, Santa Cruz de Mudela, Daimiel, Malagón, Membrilla, Manzanares, Valdepeñas, Villanueva de los Infantes, etc. Es de desear que se celebre en España una  beatificación conjunta de todos cuantos dieron su vida por coherencia con su fe, y que en esa celebración nuestra iglesia diocesana de solemnemente gracias a Dios por haber sido capaz de ofrecer ese testimonio colectivo de fidelidad.  

6 de Noviembre de 2020

El viernes 6 de noviembre la Iglesia de España celebra la festividad litúrgica de los mártires de la persecución religiosa sufrida en los años 1934 a 1939, víctimas de la persecución y el odio y dieron su vida en testimonio de su fe en Cristo. El número de aquellos mártires oscila entre los 4 y los 10 mil. Hasta el 31 de diciembre de 2019, 1916 habían sido reconocidos por la Iglesia y glorificados con su beatificación , figurando entre ellos varios obispos, y muchos sacerdotes, seminaristas, consagrados y consagradas y laicos. Entre los mártires pendientes de beatificación y cuya Causa se encuentra en Roma desde hace varios años se encuentra la de 100 fieles, 75 sacerdotes, 24 laicos y una consagrada, todos ellos de la Diócesis de Ciudad Real, y entre los cuales se encuentra el sacerdote que fue Coadjutor de la Parroquia de Almadén, Ángel Muñoz de Morales Sánchez-Cano. Los mártires reconocidos así por la Iglesia son ejemplo de testimonio de la fe en Cristo y son intercesores privilegiados de las peticiones y favores que los fieles demanden en las oraciones que se les dirijan. Ante los signos de los tiempos que Dios nos envía, celebremos la festividad de nuestros intercesores invocándoles para que pidan a Dios tenga misericordia de nosotros y de todos nuestros compatriotas.

6 de noviembre, mártires en España en el siglo XX

Queridos Amigos del Siervo de Dios Ángel de Almadén, El 6 de noviembre de todos los años la Iglesia Católica conmemora a todos los Mártires de la persecución religiosa del siglo XX en España. Así pues, es un día especial para incluir en ese recuerdo a nuestro Padre Ángel y con el a los 99 mártires compañeros suyos de la Diócesis de Ciudad Real. Como se ha repetido numerosas veces, y conviene no olvidar, se calcula que fueron cerca de diez mil los cristianos víctimas de aquel furor lleno de odio que asoló nuestro país en los años 30 del siglo XX. Hasta ahora cerca de 2000 mártires han sido beatificados entre los cuales lo han sido el Obispo de Ciudad Real Don Narciso Estenaga y 9 de sus diocesanos y pedimos al Señor que podamos en breve ver glorificados a otros 100 mártires diocesanos cuyas causas fueron completadas y enviadas a Roma el 4 de diciembre de 2017. Pidamos al mismo tiempo que toda esa sangre derramada sirva de expiación para que cesen las amenazas y riesgos para la unidad de España y por el mantenimiento de la fe cristiana y la esperanza y solidaridad de todas sus gentes. En www.angeldealmadén.com y en www.amigosdeangel@angeldealmadén.com podéis encontrar biografías, testimonios y noticias del Siervo de Dios Ángel y de la Asociación de Amigos de Ángel de Almadén.

El número de víctimas martirizadas en aquellos años, según el estudio de investigación histórica de D. Antonio Montero, Obispo de Mérida, publicado en 1960 ascendía a 6.832, de los cuales 4.184 pertenecen al clero secular, 12 son obispos, 1 administrador apostólico y varios seminaristas; 2.365 son religiosos y 238 son religiosas
A tenor de la continuación sobre estos estudios, realizados a propósito de la preparación del catálogo de los mártires cristianos del siglo XX, pedida por el Papa Juan Pablo II, en el marco del Gran Jubileo del Año 2000, el historiador Vicente Cárcel Ortí, habla de diez mil mártires españoles asesinados en el citado período.
Los datos se desglosan así: doce obispos, un administrador apostólico, cerca de siete mil sacerdotes, religiosos y religiosas, y en torno a tres mil seglares, la mayoría de ellos pertenecientes a la Acción Católica

Un cordial saludo en comunión con todos los mártires españoles del siglo XX.

HISPANIA MARTYR

Hispania Martyr, es el título de la web www.hispaniamartyr.org/ creada en los años 8o del siglo pasado y dedicada a reunir todo lo referente a los mártires de la persecución religiosa que padeció España en el siglo XX. Es indispensable su lectura para cuantos se interesen por los datos del conjunto o de cada congregación o Diócesis o las referencias individuales, las decisiones de la Santa sede en cuanto a beatificaciones o Canonizaciones, enlaces de interés, libros editados sobre la materia, artículos de prensa, etc.. Es una web creada por un sacerdote de Barcelona y está realizada contando con la ayuda, material y documental de muchísimas personas interesadas en conocer el testimonio de fe y de esperanza que dejaron los miles de mártires, obispos, sacerdotes, personas consagradas, seminaristas y laicos que sembraron con su sangre y su testimonio el amplio espacio del territorio español. Quizás se encuentren algunas omisiones o faltas pero que se pueden salvar con la aportación de quienes estamos interesados en que tan importante tarea se vaya completando, tanto en su parte histórica como en lo que se refiere a las decisiones que haya de tomar todavía la Santa Sede a lo largo de los años venideros. Todos cuantos estamos interesados en el conocimiento y devoción de nuestros mártires debemos unirnos en la lectura de la web y en la colaboración necesaria para desarrollar y ultimar su tarea.

Memoria de los mártires españoles del siglo XX

Don Julián Escobar, siendo Vicario de la Parroquia de San Fernando de Madrid, escribió este comentario asociado a la conmemoración de la en la Memoria de los Mártires españoles del siglo XX

“ “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” “Yo no te persigo a tí, Yahvé, persigo a los cristianos estos que quieren hacerme creer que el Amor a Dios y al prójimo es la base del progreso, de la felicidad y la paz de toda la Humanidad”. Y Saulo quedó ciego ante la respuesta del judío Jesús, Resucitado de entre los muertos: “Ellos son Yo. Y Yo soy ellos”…”Y un cristiano, un perseguido tuyo, Ananías, te devolverá la vista y la gracia de ser cristiano, hasta que tu cabeza caiga por la espada”

Muchos cristianos pueden tener el sueño del martirio, pero ¿quién superará la flaqueza del Getsemaní previo? Pero cuando el sueño se convierte a la realidad, la humanidad se rinde a la gracia, el odio al perdón, el miedo a la seguridad eterna, el enemigo al hermano hijo de Dios.

Perpetuar el mensaje de los mártires. No lo buscaron, pero no lo rehusaron. Si hay que ser “trigo molido” por la rabia de corazones y mentes obscurecidas “con temblor y bastante miedo”, los mártires, como Jesús, su Señor en el Huerto de los Olivos, dicen :” “No se haga mi voluntad sino la tuya, Dios Padre Misericordioso”. Y como el mismo Jesús en sus últimos suspiros en la Cruz reclaman que no se les tenga en cuenta ese pecado. Solo Dios y los mártires pueden legítimamente perdonar a sus propios verdugos. El Papa Francisco ha dicho “¡Quién soy yo para condenar a nadie?” ¿Quién somos nosotros para condenar si Cristo no condena? ¿Quién somos nosotros para perdonar si solo puede hacerlo Cristo? Justificar los martirios por “circunstancia” es igualar a los mártires con sus verdugos. Solo los mártires, siguiendo el ejemplo de su Señor, Jesucristo, pueden decir “ Por los méritos de mi martirio le pido al Mártir de los Mártires, mi Señor Jesucristo que no te tenga en cuenta tu pecado, el que cometiste por arrancarme la vida que solo es propiedad de Dios” .-o-O-o-.